I Love papá

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Cada 19 de marzo viene a mi memoria el olor a rosquillas y chocolate que hacía mi madre para celebrar el Día del Padre. Nos recuerdo a los tres en la mesa camilla de la salita (escena de Cuéntame total), felices simplemente por el placer de poder saborear esas delicias caseras juntos. Hoy en día seguimos manteniendo esa costumbre mis padres y yo, en esa fecha o en otra próxima si no se puede por los quehaceres rutinarios.

Yo me empeño en mantener esa tradición con mis hijos, pero he de reconocer que siento que no es lo mismo, que la vorágine diaria y el materialismo nos han adelantado por la derecha, y las pequeñas cosas demasiadas veces quedan en un segundo plano, olvidadas, ignoradas, a la espera.

Para muchos, el Día del Padre se limita a buscar un regalo, muchas veces deprisa y corriendo y agotadas ya las ideas sobre qué comprar original que ya no tengan (eso es porque no conocen nuestras maravillosas sudaderas padre-hijo de mamachula) podéis fisgonear aquí.

 

 

Sin embargo, los regalos más entrañables y valiosos siguen siendo las “simpáticas” manualidades o los “peculiares” dulces caseros que los niños preparan con todo su amor y buena intención este día a sus papás, la mayoría de las veces ayudados por sus mamás y profesoras/es. Si cae en fin de semana, el padre puede incluso que tenga suerte y le lleven el desayuno hecho a la cama, a veces haciéndose el dormido y fingiendo mucha sorpresa.

Y por mucho que a algunos les pueda parecer cansino, capitalista, anticuado, o lo que cada uno opine según sus respetables convicciones, al final casi todos – tradicionales, modernos, hípsters, descreídos, hartos,…- acabamos regalándole algo a nuestros padres, o/y fomentando que nuestros hijos hagan lo propio con los suyos, aunque sea ayudándoles con ese dibujo que se les atasca.

Porque la verdadera intención de este día debe ser dedicar una pequeña porción de nuestras vidas a pensar en esos seres que nos han cuidado y enseñado -y con suerte nos siguen cuidando y enseñando-, que nos han llevado a conciertos, nos han recogido en coche de noche, nos han ayudado con los deberes, nos han explicado las Matemáticas, se han levantado por las noches cuando teníamos miedo... Por eso, reservar un poquito de nuestro exiguo tiempo para pensar qué les puede hacer ilusión y sorprender, se antoja insignificante.

Cuando nuestros padres se convierten en abuelos asistimos, muchas veces maravillados, a un prodigioso cambio, porque todo eso se ve magnificado y ampliado con nuestros hijos, y vemos arrobados cómo juegan con ellos, con cuánto amor les miran, con cuánta paciencia infinita les cuidan, y seguramente hagan con nuestros hijos todas las cosas que no pudieron hacer con nosotros por falta de tiempo, el trabajo y las responsabilidades diarias, y que ahora, por fin pueden dedicar todo su tiempo a cuidarse y a cuidar a sus personas más queridas. Ojo, ¡solo cuando ellos quieran y puedan!

En cualquier caso, sea cual sea la fecha y las opiniones personales de cada cual, lo más importante es recordar a nuestros padres cuánto les queremos, darles las gracias por todo su amor y entrega, y celebrar en familia, con amigos y de todas las maneras posibles que estamos juntos, y si no tenemos la suerte de tener a nuestro padre al lado, igualmente recordarlos con todo nuestro cariño y sentirnos agradecidos porque hayan formado parte de nuestras vidas y nos hayan aportado tanto.

 

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