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Toma castaña

Toma castaña
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Ángela observaba tristona las gotas de lluvia resbalando lentamente a lo largo del cristal de la ventana del salón y algunas hojas amarillas y naranjas que llegaban flotando desde los chopos del cercano parque. Hacía horas que llovía, al menos se lo parecía, y ya se había cansado de jugar al “Uno”, a las Pin y Pon, y de ver dibujos.

Su madre había jugado un ratito con ella, pero enseguida le dijo que tenía muchas cosas que hacer y abandonó el juego. Su padre había llevado a su hermano a ver un partido de fútbol. Incluso Duna, su eterna compañera de juegos, una Border collie de hermoso pelo largo blanco y negro, se había quedado dormida cansada de tanto trajín.

Entre suspiro y suspiro, su naricilla detectó un olor inconfundible y familiar que entraba por los resquicios del balcón desde la plaza. ¡¡Castañas asadas!! Ese olor, pero más aún su sabor, le volvía loca. Adoraba el verano, el calor, poder bañarse en la piscina y en el mar, la playa, el pueblo, poder acostarse y levantarse más tarde, jugar con sus amigos en la calle, y siempre se ponía un poco triste durante unos días cuando se acababa. Pero enseguida empezaba a disfrutar de las bondades que traía la nueva estación.

 

 

Le encantaba calzarse las botas de agua color rosa chicle y bajar al parque a jugar con su perra a correr por las hojas secas. Se las tiraba a Duna, que daba brincos en el aire intentando pillarlas en el aire. También le gustaba lucir su paraguas de pirata, hacer bizcochos y natillas con su madre en las tardes de otoño, hacer manualidades con las cartulinas tan bonitas que le habían regalado por su cumpleaños, hacer excursiones por el campo teñido de colores, pero sobre todo, lo que más le gustaba del otoño era el delicioso sabor de las castañas asadas.

Fue corriendo y gritando hasta donde estaba su madre, que a duras penas consiguió entender en la parrafada que su hija soltó a toda velocidad, las palabras “castañas”, “calle”, y sobre todo “¡vámonos!”.  Al principio Ángela temió que su madre se enfadara por sus gritos arrebatados, pero enseguida vio cómo una sonrisa se dibujaba en la cara de su madre, cómo se quitaba el delantal, se lavaba las manos, y poniéndose las botas le dijo: “vámonos, hija”.

Las dos se pusieron las preciosas sudaderas iguales de mamachula que su madre había comprado, y de la mano se dirigieron al kiosko de castañas que desde hacía años abría en la esquina “la Mari”. Cuando, después de aspirar bien el maravilloso olor y quitarle la cáscara, dio el primer bocado a la primera castaña de la temporada, volvió a comprobar por qué le encantaba el otoño.

 

 

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